Tiernos piuuus! volando al aire, tiernos abrazos y decires, lugares en los que uno va dejando un
trozo de corazoncito, en el que se deja hueco, en el que según pasan los dias, aquellos que nos compartieron, verán que ahí, bajo la arbolada, ya no está la camioneta Oliva, ni la hamaca, ni Mario corchando Majahua1, ni Paula enredando con los chamacos, que ya no hay a la tarde fuego, tras el río, cocinando nada. Y sentirán tristeza, ¿porqué no?, porque como decían, ya se acostumbraron a nosotros, a vernos ahí enredando, preguntando, buscando, descansando, platicando, porque ya eramos parte del lugar, como los pastos, como las cercas de espino, como las lanchas y las garzas. Y ¡cómo les hubiera gustado que nos hubieramos quedado para las f
iestas del señor de Tilo!, a bailar y verlos bailar, a verlos correr en sus carreras de caballos, y que les hubieramos acompañado de nuevo a aquel amanecer río arriba en la lancha vendiendo los viveres, o a matar a aquella vaca, ver crecer a los potros, ir a ver aquel rancho los becerritos.
Y yo, y Paula , no les veremos a todos ellos, como no veremos los campos de pasto, la selva y las lagunas entrelazarse, encontrarse con ellos, a caballo, en cayuco2, sobre los campos de maiz, sobre el ganado acá y allá. No me llamarán para llevar a beber a los becerros3 al río sobre el caballo, ni me preguntarán si cayó alguna mojarra4, no me invitarán a tantas cosas de esas buenas artes que aún consevan. Tanto que aprender, tanto oficio hermoso aglutinado en un pequeño pueblito que amiguea con la naturaleza, sacandole partido, aprendiendo de ella, trasmitiendo tantos siglos de vivir de ella, junto a ella.
Y así es, como ellos decían, por que las cosas siempre acaban y uno ha de agarr
ar vuelo, como así hacían sus hijos, que ya no quieren seguir en el campo y se van atraidos por tantas golosinas de nuestro mundo, en busca de dinero, el dinero rápido del jornalero, de las plantas de petroleo, de los carros, de la ropa de moda, de tantos ocios de las ciudades, de la muchedumbre ahí viendose, encontrandose, jugando. Y el campo queda solo así cada vez, la paciencia de ver a los animales multiplicandose año a año y siempre hacia arriba, de ver el maiz crecer con los pastos, con las sandías, los frijoles y el chile. Vida de echarle tiempo y alquimia, de buscarle los cinco pies a nátura, de saberse entender con la metereología, de saberese conformar con lo que no da cada mes, si no a lo largo, sin quiebra y con esfuerzo. Y es bien hermoso, creanme, hermoso y rentable para la vida y la salud de quien le atraiga, porque allá donde los recursos abunden, como en nuestra querida Santa Cruz, donde corra el agua del río y descansa el de las lagunas, donde el verde crezca y se de la agricultura, donde pue
da así poblarse de animales, se puede vivir bien, sin créditos, con el dinero hecho carne, hecho semilla, hecho y rehaciendose año a año. Porque la naturaleza es un banco y da muy buenos intereses, y corren ahí felizotes los billetes y las monedas, comiendo maiz, zacate, nadando en el agua, recios y poblados de flores y hojas, picoteando sobre el suelo, hincando hocico en la tierra y rascándose en un arbol, corriendo asustado por un jinete que sobre otro billete va. Y es tan hermoso llamarlo por su nombre y no por su moneda, y poder decir pavo, gallina, mojarra, ternero, caballo, arbol, borrego, maiz, cuero, madera, tierra, agua, sol, y hac
er de ello casa, cama, ropa, comida, ocio, mueble, necesidades, cualesquiera, trasformandolo, cambiandolo, redistribuyendo, para no dedicarse uno a todo, para hacer comunidad, para estar más cerca del vecino.
Y es que el mundo ya no se puede tocar con las manos, anda lejos de poder entenderse con ellas, la alquimia se hizo ciencia y la ciencia se hizo religión y la fe nos mantuvo aún algo cerquita de entender el mundo, pero ya no, ya quizás queda el desinteres de entender algo tan complicado y de centrarse en uno y en lo que le rodea, ver la gran sociedad avanzar desbocada, mientras la agitamos cada uno con su granito, mientras la hacemos girar para un lado, para otro, sin control, sin manos que puedan intervenir, que puedan siquiera tocarlo.
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1. Corchae: Hacer cuerda; Majahua: Un arbol de cuya piel, corteza, se puede sacar para hacer canastos, sogas, sombreros, etc. 2. Cayuco: Canoa. 3. Becerros: Terneros. 4. Mojarra: Pescado
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