Hola, ¿alguien ahí? no hubo respuestas a ese ¿cómo andará?, quizás la choza esté ahí participando del último silencio del invierno. Quizás, aquí la mandamos pius, como hacían los chamaquitos de Arroyo Negro, nuestra querida comunidad Chol. Cuando salíamos de la choza de allá hacíamos un piuuuu y así, a la manera de los gallos, se escuchaban de allá y de acá sendos piuss que llenaban la selva.
Viajar es duro y al llegar acá, como cada vez que nos movemos, hemos de crear de nuevo nuestro cobijo. Andar ahí de calle en calle buscando casa que rentar, buscando espacio, porque ya eso de los hoteles y los hostales se nos quedó grande, caro y quizás poco personal. Pero acá la casa que pudimos encontrar no tenía para cocinar, ni cama siquiera y para más dificultad, no teníamos a mano a madre natura para andar liandola con maderas, cuerdas, pasto seco y otras materias que trasformar.
Pero algo fallaba, aquellos inventos iban ahí creandose con cierto disgusto, con cierto cansancio, andaba ya por mi cuarta cocina en este viaje y ya estaba cansado del tema, andar repitiendo los mismos inventos cada vez que uno llega a un sitio me
llenaba muy parcialmente. Necesitaba más materiales, más vida salvaje, necesitaba irme a cazar con los indios, ir a los campos de cultivo, necesitaba sacar el machete de nuevo y afilarlo cada mañana para ir abriendome paso en esa amalgama de hojas, ramas, troncos, espinos, y animalejos de mil y un tipos y abrir mi imaginación más lejos y hacer mi lugar por largo tiempo y disfrutar de los inventos, de las rutinas, de clavar mi mirada por los mismos senderos para ir viendolos diferentes. Necesitaba no más horas en el bus pataleando y aguantando y organizandome para no tener agobios, necesitaba no tener que recorrer mil sitios con la mochila a cuestas o tener que darme a miradas desconocidas en cada lugar, necesitaba no tener que calcular economías, necesitaba aire conocido y cercano, uno que
una vez creado no hubiese que abandonar por un largo tiempo.
Me di cuenta que no quería viajar, que quería descansar de esas durezas, y me di cuenta en la dureza de un día sin dormir, en un día de cansancio acumulado, en un día en el que aún mis inventos no tiraban. Pero por suerte, al día siguiente, osea hoy, ya la cocina funcionaba y anduvimos paseando hacia las afueras del pueblo y encontré una cuesta una gloriosa, cuesta que rompiera la indomable monotonía de Yucatan, plano y uniforme, que me ayudara a ver por fin un poco de horizonte.
Y por la cuesta se cambiaban las casas de cemento por las chozas de madera, barro y zacate (una especie de pasto, paja), y aparecían más arboles, y algunas dunas y qué hermosura pudieron sentir nuestros corazoncitos, ver más allá ondularse el verde, y ver las chozas dispersas, y encontrar una planta de henequén con la que seguir investigando mis cuerdas vegetales y quizás alguna tela. Y volví a sentir confianza en los días, creer en lo que me hacía estar acá, porque no es el viajar lo que me llama, no es acumular lugares espectaculares y gente y ruinas (de hecho todavía no hemos visitado ninguna) y mil cosas de ese estilo, porque lo que, si acaso, anelo de acá son unas bonitas vacaciones viviendo en algún lugar en el que poder seguir creciendo con esas pequeñas cosas mías de los recursos, los campos y demás artesanías de la vida cotidiana y de la naturaleza.
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