Hoy, como casi siempre, encontré con dificultad el paso de entrada hacia la cabaña. Había una luna pequeña que no ayudaba mucho entre la oscuridad de las jaras y los pedruscos de granito. Pero no tenía prisa; me paré; más allá de Valdemanco el horizonte estaba lleno de las luces de un nacimiento lejano de color caramelo. En mitad del cielo cabalgaba Orión con los brazos abiertos seguido por sus perros Menor y Mayor. Por poniente la lanza en astillero del gran chopo tropezando con la cumbre del Regajo y la adarga ancha del gran monolito del recinto o jardín encantado al que se refiere Daniel, parecían velar armas como don Quijote en el patio de la posada.
Al fin, abriéndome camino entre las jaras, encontré el paso en la dichosa valla. Daba pena meterse dentro pese al frío que hacía, así que retiré de la puerta la vara que había dejado el anterior visitante del lugar, con seguridad el mismo que había estado arando días antes la huerta, y al que hube de tomar prestado el agua potable que había olvidado traer, abrí la puerta de la cabaña, saqué el sillón de mimbre y me senté a contemplar la noche, con los pies en alto sobre las alpacas de paja.
Tuve curiosidad por saber quién había visitado la cabaña desde el pasado jueves, el día que después de una larga marcha por la Pedriza esperando el autobús de Madrid y viéndole aparecer en sentido contrario decidí tomarle en sentido de Valdemanco y marcharme a dormir a la choza. Era una sensación curiosa la de habitar un lugar que también era habitado por alguien desconocido para mí hasta ahora, aunque espere conocerle más adelante: algún día que coincidamos en el lugar, por ejemplo.
Me encuentro muy a gusto en esta cabaña de barro y paja. Últimamente vivo entre cabañas, la mía, allá cerca de Griñón, donde hago prácticamente toda mi vida, y ésta que he empezado a disfrutar tras la ausencia de Mario y Paula. Hablaba de curiosidad, un lugar de encuentros; a la una de la mañana, suena ligeramente la puerta, ?, no hago caso, pero mientras escucho música junto a la estufa me sorprendo sigilosamente con un gato en el regazo (creo que el de Lúa, aunque sin ese cascabel tan coqueto que le vi en otra ocasión). De madrugada me despierta los cascos de un caballo; noto la presencia de los otros visitantes en algunos detalles, incluso sufro la breve vergüenza haber dejado la cama revuelta, o cierto frasquito inconveniente en una repisa días atrás; o me pregunto dónde habrá ido la bicicleta o cómo verán ellos que yo haya hecho desaparecer una mesa de escritorio bajo un alejado toldo azul y que me parecía que desentonaba con el entorno, o que haya guardado en otro lugar ese montón de frascos que había junto al estanque. Me gusta saber que la cabaña está habitada.
Le di un palo a la leña; mañana cortaré algo, y quizás la próxima vez me traiga un poco de encina de casa. No me gusta cortar palitos con el hacha; lo mismo me salta una astilla y avería el único ojo que me queda... menudo chasco entonces. Eso de cortar leña como en Siete novias para siete hermanos no va conmigo, como mucho usar la motosierra, eso sí.
La cabaña está oscura, en el techo, entre la paja, revolotean las sombras de las llamas de la estufa como en una especie de danza algo misteriosa. La cabaña es mi nueva amiga; me espera en la oscuridad cuando me acerco y busco el paso aquí y allá; me calienta el cuerpo; me cobija bajo su edredón. La pasada semana amaneció nevando débilmente, luego caminé hasta el convento de San Antonio atravesando por el collado Alfrecho entre Canto Gordo y Cancho de la Bola, y regresé por el collado de la Cabeza, más allá del cementerio. Un día posterior, el de la Pedriza, dormí hasta que me despertó el sol sobre la cara (Ernesto: algo realmente muy que muy agradable, y más bajo el edredón tan acogedor que tiene esta gente). La cabaña es el centro de un pequeño mundo que estoy empezando a descubrir.
Hace un rato que se ocultó la luna. En la cabaña hace un calor confortable, hay un magnífico silencio que sólo es roto por el suave silbido de la estufa y del agua del estanque. Es sin duda uno de los lugares más bellos y apacibles que conozco. Ahora apagaré la luz, me arrimaré a la estufa y escucharé a Bela Bartok en la oscuridad. Más no se puede pedir. Buenas noches.
1 comentarios:
Querido papi parececieran ser las fotos que no hice en tantas mañanas, ahí cuando me abría un ojo y decía: ¡mierda! y corría desnudo a espantar al Poker que ya andaba haciendo de las suyas, y que decir de los rabilargos con sus ooooooirrggg o como se escriba, creo que no existen letras para tanto alboroto. Qué bonito que andéis ahí al pie del cañon con el blog, con la choza, que haya tantos seres, en fin, ¿has visto las novedades y el blog de la huerta?, en fin ya es tarde mañana viajamos hacia Merida bien temprano, escribo más tranquilo estos días, tengo unos cuantos mail pendientes. Qué bonitas tus palabras cuando las leia ahí me temblanba un poco las piernas y los brazos pensando en la choci y esas cosas. Besotes mario
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