sábado 23 de febrero de 2008

Desde Merida (más de los Choles)

Amiguitos ahí van unas palabras que escribí a Lau y que quise compartir con todos:

Querida Lau, ahora soy yo quien anelo respuestas, ahora, desde la choza Chol y pasando por algunos sitios de manera efímera y transitoria andamos en Mérida donde después de un agotador día de búsqueda de departamentos de alquiler hemos conseguido encontrar una hermosa habitación con su cocinita, su lugar para poner la hamaca, una neverita, su baño y una mesa con un par de sillas. Vamos que "como en casa" y eso nos ha dado mucha felicidad, porque eso de andar comiendo por ahí parece que no es lo nuestro sobre todo ahora que teniendo tiempo y no teniendo recetas me he dado cuenta de que te lo puedes inventar todo, y es que el no tener demasiados productos a la mano (por eso de haber estado perdidos en la selva) me ha hecho andar haciendo bollitos, pastas, panes, rosquillas, conbinando aceite, harina, huevos, agua, levadura, sal y leche según tenía o apetecía (te lo recomiendo) y como también me di cuenta de que cocinando con fuego con poner unas brasas encima de una plancha de metal sobre unas piedras y barro con paja ya tenía un estupendo horno en el que cada día se cocían las cosas de difente manera. En fin... El caso es que estamos felizotes de tener por fin de nuevo casa después de un par de días de hostales.

Preguntabas sobre Cholandia, sobre como llegamos ahí y esas cosas, y te diría: http://mundochoza.blogspot.com/, como ahí he sido bastante escueto pues te contaré algo más pero sin no dejar de decirte antes que pusimos fotitos para que podáis ver donde vivíamos y como eran las cosas y los indigenas de allá. Y como preguntabas que como acabamos allá pues empezaré por ahí. Llegamos a una ciudad llamada Bacalar que andaba cerquitita de un lago enorme y allí pensamos en pasar un tiempo para asentar eso de que andábamos en otra tierra y no más, así al llegar un personajete muy gracioso que nos concoció andaba super interesado en las cosas de otros lugares del mundo y este personaje casualmente era de un pueblito bien pequeño que se llamaba/a Arroyo Negro y casualmente, también, se iba al día siguente para su pueblito y cómo no, a pesar de que andábamos con la onda de no movernos de ahí no pudimos rechazar la oportunidad de ir allá y resultó que aquel chavalito no es que fuese un poco raro sino que simplemente era Chol y vivía en un mundo de raros en el que los raros pasamos a ser nosotros. Lo curioso de la historia es que al invitarnos nos indicó que el problema era que no había luz y que vivían en chozas y varias cosas más que nos hizo poner los ojos como platos y reirnos por dentro y por fuera y no desear otra cosa que acompañarle y le fuimos indicando que eso para nosotros pues no era ningún problema y así llegamos a aquel lugar en el que como dices nos fuimos mimetizando sin, por suerte, llegar a convertirnos en Choles (pero eso es otra historia que si me la piden se la cuento en otro momento). Y allí llegamos, era tarde y la luz se estaba yendo y sonaban a lo lejos unos rugidos gigantes que no podíamos imaginar que no eran otra cosa que monos, y entre la selva se abría un pueblito de chozas llenas de chamacos y miradas curiosas que no sabían reaccionar a nuestra presencia y que apenas soltaban palabras llevados por una inmensa timidez que por suerte o por mala suerte (y ahí se abre otra historia que omito hasta que alguien me haga hablar) se fueron quitando día a día. Y allí siguieron los días y nos ausentamos para sentir la distancia de todo aquello y volvimos y trabajamos con ellos y nos nutrimos de los amaneceres de gallos, pavos y otros seres que iban poniendo banda sonora a los días, y oimos caer la lluvia sobre los tejados de guano y nos conocieron en el pueblo y nos perdieron el miedo y nos quisieron cada vez más y bueno qué más decir, mucho más, demasiado, tanto que no se si sabría continuar.... Enfrentarse así a otro paraje a otro entorno y aprender en pocos días lo que ellos aprendieron a lo largo de la vida, y así pues clavarse espinas cuando andaba a chambear (trabajar) ahí en la selva con machete en mano y hacer doler la mano y cambiar a la otra y vuelta a doler y dejarse picar por los bichos y caerse de cuatro metros tratando de coger corosos (una especie de coco pequeño que crece en racimos) y durante la caida llevarse tronco, horajarasca, maleza y pensar que uno se iba a quedar ahí con los golpes haciendole a uno casi perder la conciencia y cortarse con el machete al afilarlo y llenarse de ampollas... y en fin, dejarse recuperar y llenar el tiempo con tantas otras cosas... Llegarle de nuevo al bosque buscando materiales con los que hacer cestas, con los que trenzar cuerdas y probar la tierra para hacer un horno y probarlo y quemar el pan y dejarlo crudo y endulzarlo y cambiarlo de forma y de ingredientes hasta hacerlo bizcocho y buscarle ocho pies al gato, digo a la harina, para escapar de los friojoles, del elote (maiz), y no dormir porque la familia que nos acogía tenía 13 hijos y no paraban de visitarnos y no sabían nada de la intimidad y disfrutarlos tambien, y pedirles que nos llevaran a ver los cocodrilos y enseñarles como hacía mis inventos y platicar tambien y escuchar de sus locuras evangelistas de brujos y duendes malos y pensar que podríamos haber salvado a un niño de la muerte porque la epilepsia se consideraba producto de un embrujamiendo y escuchar que alguien tuvo que salir huyendo del pueblo porque era el culpable de su enfermedad. En fin, durezas y hermosidades tan bien mezcladas que los veinte días no se nos hicieron ni cortos, ni largos, y quedarse con la tristeza de sus gestos y con las críticas de sus miradas, y verles silenciosos el día de la partida por no saber cómo enfocar aquello, cómo poder imaginar aquello sin nosotros como si no pudieran entender que no nos quedáramos a vivir para siempre.